Una final, un abrazo, una vida

Close-up of a soccer ball resting on a grass field against the goal net in natural daylight.

Desde que tengo memoria, ya sabía que me gustaba sufrir, le voy al Atlas. No por una convicción propia, o al menos no siempre fue así, mi jefe fue quien me arrastró a este mundo. 

Yo no conocía otro tipo de fe más que la del que va al estadio a ver perder a su equipo y de todos modos regresa la siguiente jornada. Crecí con esa especie de masoquismo heredado, con la camiseta rojinegra como escudo emocional y como condena social. Aunque nunca conocí a nadie, aparte de mi padre, que fuera aficionado al Atlas, jamás sentí pena ni vergüenza por la decisión que había tomado, o se me había asignado al nacer. 

Siempre que alguien me preguntaba qué a qué equipo le iba, respondía que al Atlas, con orgullo, pero siempre recibía los mismos comentarios: “¿al Atlas?, no mames”, “¿eso todavía existe?”, “nunca han ganado nada”. Cada temporada era la misma historia, primero las promesas, la ilusión, y después el derrumbe. Toda mi vida la recuerdo así, hasta que llegó Cocca. Con él, el Atlas comenzó a parecer un equipo serio, sin estrellas, pero con orden, con hambre, con espíritu. Jugadores como Julio Furch, Julián Quiñones, Aldo Rocha y Camilo Vargas, empezaron a cambiar la historia. No eran los mejores nombres, pero eran los indicados. 

Clasificamos a la liguilla como segundos de la tabla general y con la mejor defensa del torneo. En los cuartos de final pasamos por encima de Monterrey. En la ida empatamos 0-0 en el BBVA, y en la vuelta en el Jalisco, Furch anotó el tanto que nos dio el pase a semis. Luego llegó Pumas, que venía encendido tras eliminar al América con una hazaña en el Azteca. En la ida sacamos un 0-1 en CU con un golazo de Furch. En la vuelta, Pumas luchó y ganó el partido, pero avanzamos por posición en la tabla. El Atlas estaba muy lejos de ser el equipo más vistoso de la liga, pero era un equipo eficaz: ganábamos a lo Atlas. 

Fue así que llegó la final contra León, la primera que mis ojos iban a presenciar. En el partido de ida nos clavaron tres goles, dos de Mena y uno de Dávila, pero los goles de Furch y del ‘Hueso’ Reyes nos mantenían con vida. Se venía la vuelta en el Jalisco, y aunque íbamos perdiendo, algo me decía que esta vez todo sería distinto. 12 de diciembre de 2021. 

Estadio Jalisco. Noche de final. Yo estaba en casa; aún eran tiempos de COVID y, además, no podía permitirme un viaje a Guadalajara. Sin embargo, en el sillón de mi sala, con mi papá a un lado y ambos vistiendo la playera rojinegra, estábamos en el mejor lugar del mundo. Hacía mucho tiempo que no nos entendíamos del todo; siempre habíamos tenido diferencias de todo tipo, pero ese día nos sentamos juntos y dejamos de lado nuestros egos por un bien común. Desde que sonó el himno hasta el pitazo inicial, sentíamos que algo grande podía pasar, o algo trágico, porque, al fin y al cabo, era el Atlas y a eso también nos había acostumbrado. 

El partido fue una guerra de nervios, el Atlas insistía como nunca, dominaba el partido, pero León no cedía. Fue hasta el minuto 55 que sucedió el milagro, gol del capitán Aldo Rocha, gol que empataba el marcador y nos ponía 3-3. El Jalisco explotó, y a su vez, nosotros en casa hacíamos lo mismo. No sabíamos si festejar, llorar o simplemente seguir viendo el juego. Faltaban muchos minutos, y como bien sabíamos, el Atlas siempre encontraba la forma más absurda de perder. Después de minutos de angustia, se acabó el tiempo regular, fuimos a tiempos extra donde no pasó nada extraordinario pese a que León jugaba con uno menos desde el 91. 

Así llegaron los penales. No recuerdo haber estado tan nervioso en mi vida. Cada tiro se sentía como una puñalada. León anotó el primero, luego Angulo, frío como el hielo y peligroso como el mar, descontó para el Atlas. Después falló León, pero Rocha a su vez golpeaba el poste. Camilo Vargas, el gigante colombiano, se agigantó aún más, atajando el quinto penal. El penal definitivo era nuestro, y el destino, una vez más, se había disfrazado de Julio Furch. Caminó hacia el punto penal. Disparó. Gol. 

Al fin éramos campeones. Brinqué como nunca en mi vida, y después de tantos años, mi papá se levantó y me abrazó como cuando yo aún era un niño y él todavía era mi ídolo. No dijimos nada, solo lloramos. Dos hombres, dos generaciones marcadas por los mismos colores, por la misma cruz, y ahora, después de tantos años, por el mismo milagro.

El Atlas era campeón después de 70 años. Su único título era el de 1951, año por el cual la barra tan característica del Atlas fue bautizada. Nunca había visto a mi equipo levantar algo. Nunca había podido decir que era del Atlas sin que me devolvieran una burla, sin embargo, ese día cambió todo. Aquel día también entendí que las pasiones no se pueden explicar, simplemente se viven y algunas otras, se heredan. 

Melgar Gallardo José Emiliano 


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