Una ciudad en miniatura

Orange trains in a bustling Mexico City subway station at night, capturing urban life.

Las paredes garapiñadas que cubren la entrada del metro Insurgentes, dan una atmósfera rupestre. Al salir, una extraña mezcla de colores, olores y sabores, se perciben. Los lustradores desempeñan su profesión, algunos de mala gana y otros con una torta en la mano para mitigar el hambre.

Encuestadores que no saben qué hacer, una chica de ojos brillantes y vestido azul deja descansar su cuerpo en algunas casetas de teléfonos públicos. Un hombre que viste un traje barato duerme debajo de las escaleras que dan al Metrobús.

Algunas parejas se besuquean detrás de los postes y un par vendedoras de dulces hablan en una lengua oculta: «Aparate a taer tortilla fresca y un chile loco par comer« dice una de ellas. Los zapatos relucientes de un hombre anciano que mira, hacia una estatua colonial la cual sobresale entre el vacío. Un rostro de cobre se ubica frente al metro, un soldado, político y servidor público de la nación.

Hacia la periferia, un Punketo parece vigilar a un grupo de indigentes, es la entrada Sur- Oriente en donde el olor a orines es más intenso, y en donde sólo los valientes se atreven a cruzar. Los indigentes, tirados en todo el pasillo pronuncian palabras vagas, que entre mugre, resistol y activos, esparcen ese aroma único de la pobreza y el olvido.

Los árboles se mueven con el viento, detrás un par de figuras cónicas que sirven para hacer publicidad, más allá, los edificios le hacen compañía a los espectaculares. Mientras tanto, abajo, uno de los olvidados se recuesta para calentar el piso. Y le pone el pie a quienes van pasando.

Así todo lo bueno y lo malo de un pueblo converge en un sólo lugar, y aunque abunda la inmundicia; también hay turistas, burócratas y paseantes, que solamente van con su libreta en mano por ahí.

Las flores de las jacarandas se deslizan por el piso, la gente camina por cualquier lugar, al fondo un callejón de mala muerte, y como si crecieran en concreto, algunas estancias, donde por 25 pesos reviven el calzado. Así es la plaza del Metro y ahora Metrobús, una ciudad en miniatura.

Enrique Abreu


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